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Seguimos buscando al príncipe de paz


Jonatan Navarro 6-1-2013


Sal 72:1-7, 10-14, 17; Isa 60:1-6; Efe 3:1-12; Mat 2:1-12
“Dios: da tus juicios al rey y tu justicia al hijo del rey.
Él juzgará a tu pueblo con justicia y a tus afligidos con rectitud.
Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia.
Juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del menesteroso y aplastará al opresor.
Te temerán mientras duren el sol y la luna, de generación en generación.
Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada; como el rocío que destila sobre la tierra.
Florecerá en sus días justicia y abundancia de paz, hasta que no haya luna.
Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones.
Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones lo servirán.
Él librará al menesteroso que clame y al afligido que no tenga quien lo socorra.
Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso; salvará la vida de los pobres.
De engaño y de violencia redimirá sus almas, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos.
Será su nombre para siempre; se perpetuará su nombre mientras dure el sol.
Benditas serán en él todas las naciones; lo llamarán bienaventurado.”
(Salmos 72:1–7, 10–14, 17 RVR95)

“«¡Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz y la gloria del Señor ha nacido sobre ti! Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá el Señor y sobre ti será vista su gloria. Andarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu amanecer. Alza tus ojos alrededor y mira: todos estos se han juntado, vienen hacia ti. Tus hijos vendrán de lejos y a tus hijas las traerán en brazos. Entonces lo verás y resplandecerás. Se maravillará y ensanchará tu corazón porque se habrá vuelto a ti la abundancia del mar y las riquezas de las naciones habrán llegado hasta ti. Multitud de camellos te cubrirá y dromedarios de Madián y de Efa. Vendrán todos los de Sabá trayendo oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor.”
(Isaías 60:1–6 RVR95)

“Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder.
A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él;”
(Efesios 3:1–12 RVR60)


“Cuando Jesús nació, en Belén de Judea, en días del rey Herodes, llegaron del oriente a Jerusalén unos sabios, preguntando:
—¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?, pues su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarlo.
Al oír esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y, habiendo convocado a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le respondieron:
—En Belén de Judea, porque así fue escrito por el profeta:
»“Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel”.
Entonces Herodes llamó en secreto a los sabios y se cercioró del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo:
—Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño y, cuando lo halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo.
Ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Y la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que, llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron. Luego, abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.”
(Mateo 2:1–12 RVR95)


Seguimos buscando al príncipe de paz
La semana pasada reflexionábamos sobre aquél episodio en el que María y José, sus padres, buscaban a Jesús pero no le encontraban, y cuando le encontraron lo hallaron en la casa de su Padre, pero ellos no lo entendían.
Esta semana nos encontramos buscando al Mesías de Israel, porque sabemos que ya ha nacido.
Y quizá con tanta búsqueda, el leccionario nos quiera recordar que, de alguna forma, aún aquellos y aquellas que decimos conocer a Jesús, muchas veces nos encontramos buscándole, porque quizá a veces perdemos el rumbo,
sea como fuere yo mismo me sorprendo semana tras semana buscando a Jesús, en la vida, en vosotros mis hermanos y hermanas, y por supuesto en la Biblia.
Y es gracias a esa búsqueda, que tantas veces consigo encontrarme a mi mismo.
Pero el texto realmente va un poco más allá de nuestros muros, aunque aún así, nos podamos identificar con él.
Porque el relato nos habla de aquellos que están lejos de Jesús, realmente lejos.
De aquellos que están lejos geográficamente, culturalmente, étnicamente, socialmente, y sobre todo religiosamente.
El texto nos habla de un mundo en el que son relativamente pocos aquellos y aquellas que viven reconociendo al único Dios creador del universo, son más bien pocos y casi todos pertenecen al mismo pueblo, al pueblo de Israel.
Pero también nos habla de que en el mismo mundo, fuera de ese pueblo que reconoce al Dios único, podemos encontrar que hay gente que busca la luz en medio de la oscuridad.
Como los magos de este texto de Mateo.
Estos magos que no son otra cosa que astrólogos del imperio Persa, de un país lejano, con su propia cultura y su propia religión, buscan, según sus posibilidades, la luz.
La luz que se ofrece a todos los hombres, a todo el ser humano.
Y como buscan, pues encuentran.
Encuentran una señal que pueden entender.
No encuentran una Biblia, ni a un profeta o a un tele-predicador, al contrario: les es mostrada la señal idónea para que unos astrólogos como ellos puedan entender que algo ha sucedido,
¿qué señal podría haber sido mejor que una estrella para guiar a un astrólogo que busca una luz?
Y es que a Dios no le importa servirse de cualquier medio que la humanidad pueda entender para acercar al ser humano a la luz de su hijo Jesucristo.
Dios nunca deja de hablar a la humanidad de forma inteligible:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” dice el salmista.
De esta forma, aquellos que están lejos de Dios, guiados por la luz de la estrella, se ponen en camino y se acercan, se acercan en su búsqueda del nuevo rey que ha nacido.
Pero en las búsquedas también se cometen errores, es normal;
cuando buscamos la chaqueta para salir de casa, buscamos en el colgador, donde debería estar; o en el armario de las chaquetas, es obvio, no vamos a buscar una chaqueta en el horno…
pero yo ya he perdido la cuenta de cuántas veces se me está haciendo tarde y no he logrado encontrar la chaqueta donde debería estar… o el bolso, o las llaves de casa.
Porque muchas veces las cosas no están dónde creemos que deberían de estar, a veces están donde las dejamos la última vez,
o igual nuestra pareja ha recogido todo y las cosas están donde ella cree que deben estar, y que normalmente no coincide con donde yo creo que deben estar.
Y claro, los magos de oriente están buscando a un rey que según la estrella debería nacer en la tierra de Palestina.
Si estuviésemos buscando a un niño que iba a ser el mejor futbolista del mundo y la estrella estuviese sobre Catalunya,
¿dónde buscaríamos?… pues en la Masia del Barça ¿no? No se nos ocurriría buscar en un descampado en el barrio de la Mina…
Por eso los magos, como buscan al que va a ser el rey de los judíos, se dirigen a Jerusalén, a la capital donde está el palacio del rey, del rey Herodes.
Y le preguntan al rey: Disculpa pero ¿no sabrás dónde podemos encontrar al nuevo rey de los judíos?
“Se oye la voz del clamor de la hija de mi pueblo, que viene de la tierra lejana: «¿No está el Señor en Sión? ¿No está en ella su Rey?».
«¿Por qué me hicieron airar con sus imágenes de talla, con vanidades ajenas?»” (Jeremías 8:19 RVR95)
         «¿No está el Señor en Sión? ¿No está en ella su Rey?»
Herodes era un rey un tanto especial, un poco loco y psicópata, pero a la vez, el impulsor de la construcción, entre otras maravillas de la arquitectura, la del Templo de Jerusalén, la casa de Dios.
¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
Herodes, y toda Jerusalén con él, al oír las noticias de los magos se pusieron muy nerviosos.
Y reunieron a todos los sacerdotes y a los doctores que sabían de la Biblia para ver dónde podía andar ese Mesías que buscaban los magos.
Y aquí tenemos la escena: Los magos extranjeros, que poco o nada saben de Dios, buscando al Mesías llegan al lugar donde debería estar, pero que es el lugar equivocado:
         el palacio del rey Herodes en Jerusalén.
Y allí, los que sí que conocen a Dios, o dicen conocerle, están turbados, preocupados por lo que pueda pasar si de verdad ha nacido el Mesías.
Al poder y a la religión auspiciada por el poder, les preocupa cuando fuera de sus poderosos muros pueda aparecer algo o alguien que cree inestabilidad.
Creen que lo bueno es lo que mantiene el estatus quo, y por lo tanto sólo puede ser generado y sustentado por el mismo poder que mantiene la paz y el orden.
Cualquier novedad que salga de fuera de sus muros es un peligro que puede alterar a la sociedad.
Desde luego no estaban equivocados, porque el niño que estaban buscando iba a darle la vuelta a todo, ensalzando a lo humilde y humillando a todo poder.
Empezando por bajar de lo más alto al Todopoderoso, para hacerlo habitar entre los pobres y los olvidados de los palacios.
Así que, como podemos ver, los magos no habían encontrado el lugar correcto donde había nacido el niño.
La luz de la estrella los había guiado hasta acercarlos mucho, pero no lo suficiente.
Llegado el momento de interpretar el lugar del nacimiento del rey, los astrólogos, como cualquier ser humano, yerran.
Se dejan deslumbrar por las luces del poder y de la lógica humana, dirigiéndose al palacio que emite esa luz, en el palacio de la gran ciudad.
Es entonces cuando aparecen las Escrituras, el testimonio que recoge la experiencia de Dios de un pueblo que estando bajo la esclavitud del poder de Egipto,
es librado por Dios para ser bendición entre las demás naciones, para acabar con la opresión, para ser la cuna de la paz del mundo.
Y en esas Escrituras encontramos la sorpresa, lo inesperado,
el nuevo rey de los judíos no iba a nacer en un palacio, sino en la pequeña aldea de Belén.
La reacción del rey Herodes, el constructor del Templo, de la casa de Dios, no se hace esperar.
Pone a los magos bajo su servicio; ahora irán a buscar al niño, pero lo harán para investigar qué sucede exactamente y después informarle, porque la información es también poder.
Y los magos emprenden el camino, y finalmente encuentran al niño en su casa, en la pequeña aldea.
Está con su madre, María, e hicieron aquello que no habían hecho con el rey Herodes: le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra, y postrándose le adoraron;
finalmente los magos habían encontrado a quien habían salido a buscar, al Mesías de Dios.
Pero llegado el momento de cumplir con su tarea, de volver al palacio, de ayudar al poder a mantenerse firme controlando el destino de los hombres,
en ese momento, reciben un mensaje, una revelación personal: no deben volver a Jerusalén, deben buscar otra forma de volver a casa, una nueva forma de hacer el camino que deje a un lado el poder del rey Herodes.
Con qué fuerza nos presenta Mateo el evangelio, la buena noticia, del nacimiento del Mesías, del nacimiento del rey, en tan pocas líneas.
Tal y como nos anuncia el Salmo 72, en los versículos que no hemos leído hoy:
“Que ante él se inclinen todos los reyes;
         ¡que le sirvan todas las naciones!
Él librará al indigente que pide auxilio,
         y al pobre que no tiene quien lo ayude.
Se compadecerá del desvalido y del necesitado,
         y a los menesterosos les salvará la vida.
Los librará de la opresión y la violencia,
         porque considera valiosa su vida.”
Nuestros astrónomos hicieron una larga búsqueda para que pudiesen conocer lo que buscaban: a Emmanuel, Dios con nosotros.
Primero, en medio de la oscuridad, fueron guiados por la luz de una estrella, algo que ellos podían reconocer y entender bien.
Después, cuando su error les condujo al lugar donde ellos pensaron que sería normal encontrar lo que buscaban, cuando el error les hizo buscar al príncipe de paz en el palacio del poder,
entonces, fueron guiados por las Escrituras, por la experiencia de Dios de aquél pueblo de esclavos liberados, que los profetas se habían encargado de mantener viva y llena de sentido para todos los tiempos.
Finalmente los magos recibieron no ya un anuncio universal como fue la estrella,
ni un anuncio general para los que podían leer las Escrituras, como la profecía de Miqueas, sino un mensaje personal, un mensaje específico para ellos:
Después de lo que habéis visto, para volver a casa es necesario que cambiéis vuestra forma de pensar,
habréis de evitar el camino que conduce a los poderosos y recorrer en cambio el camino de los márgenes, donde vive la gente humilde.
De esta forma, los magos de aquel país lejano, recibieron la revelación que había de anunciarse a toda la humanidad.
Es el deseo de Dios que todos aquellos que buscan encuentren, de que todos los que están lejos, se puedan acercar,
y para continuar esta labor hemos de aprender a actuar como actúa tantas veces Dios, haciendo que el mensaje sea entendible para cada persona que busca, según sus posibilidades.
Decía también al principio que realmente buscar, buscamos todos, incluso los que ya le hemos encontrado, porque a veces perdemos el rumbo, a veces hay otras luces que nos deslumbran, que nos hacen errar el camino.
O como les pasó a los magos, es posible que, nuestras presuposiciones sociales, que nos dicen dónde debemos encontrar lo que buscamos, nos hagan interpretar mal la luz de la estrella.
Porque ahora vemos como por un espejo, veladamente, pero llegará el día en el que veremos cara a cara;
porque ahora conocemos en parte, pero conoceremos plenamente, como hemos sido conocidos.
Seguir buscando es parte de nuestra vida cristiana,
sólo que estemos abiertos a ver que la revelación de nuestro Señor puede acontecer de muchas maneras, muchas veces conforme a nuestra necesidad, y no siempre como esperamos, hemos de tener la mente abierta a Dios.
Pero sobre todo hemos de pensar que nuestra propia vida pueda ser revelación de Dios para otros, como esa estrella visible para tantos, que alumbra con su luz en medio de la oscuridad de tantas personas que buscan.
Si en tu búsqueda has encontrado a Jesús, el Mesías, en tu propia búsqueda irás siendo transformado, transformada en luz que guía, en luz que ilumina, como hoy aquellos lejanos magos, nos han guiado con su búsqueda, hacia el Mesías de Israel.
Amén

Bendición:
Que nuestro Padre creador te levante y haga venir su luz sobre ti.
Que nuestro Señor Jesucristo disipe las tinieblas que intentan cubrir nuestras vidas.
Que el Espíritu Santo haga resplandecer tu vida, llenándola de amor y esperanza, para guiar a aquellos que buscan la luz en medio de la oscuridad.

¿De qué tiene sed Jesús?


Jonatan Navarro 20-1-2013


Éxodo 1:15-22; Salmo 17:1-6; 2Corintios 3:17-18; Juan 4:4-26
Como tenía que pasar por Samaria, llegó a un pueblo samaritano llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob le había dado a su hijo José.
Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida.
En eso llegó a sacar agua una mujer de Samaria, y Jesús le dijo:
—Dame de beber.
Pero como los judíos no se tratan con los samaritanos, la mujer le respondió:
—¿Cómo se te ocurre pedirme agua, siendo tú judío a mi que soy una mujer samaritana?
—Respondió Jesús y le dijo: —Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías, y él te daría agua viva.
—Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar ese agua que da vida? ¿Acaso eres tú superior a nuestro padre Jacob, que nos dejó este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y su ganado?
—Todo el que beba de este agua volverá a tener sed —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él ese agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.
—Señor, dame de ese agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla.
—Ve a llamar a tu esposo, y vuelve acá —le dijo Jesús.
—No tengo esposo —respondió la mujer.
—Bien has dicho que no tienes esposo. Es cierto que has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu esposo. En esto has dicho la verdad.
—Señor, me doy cuenta de que tú eres profeta. Nuestros antepasados adoraron en este monte, pero vosotros los judíos decís que el lugar donde debemos adorar está en Jerusalén.
—Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación proviene de los judíos.
Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.
—Sé que viene el Mesías, al que llaman el Cristo —respondió la mujer—. Cuando él venga nos explicará todas las cosas.
—Ése soy yo, el que habla contigo —le dijo Jesús.


¿De qué tiene sed Jesús?
Jesús de Nazaret, el Mesías el Cristo, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios, el Verbo, la segunda persona de la Trinidad, Dios hecho hombre.
“el que beba del agua que yo le daré,” dice Jesús “no volverá a tener sed jamás”, pero él mismo tiene sed y le ha de pedir agua a una mujer samaritana.
¿Y tú, tienes sed?
¿De qué podemos tenemos sed nosotros?
El agua es vida. Sin agua lo único que tenemos es un desierto de muerte, desolación y abandono.
En una sociedad como la nuestra en la que el agua brota de cualquier pared de nuestras casas es difícil entender esto.
Pero tres cuartas partes de nuestro mundo entienden perfectamente por su propia experiencia que el valor del agua es infinitamente mayor que el del petróleo.
El agua es vida.
Y el texto bíblico entiende esto perfectamente, el texto bíblico en su totalidad, desde el Génesis hasta el Apocalipsis está escrito en ese contexto social en el que, disponer o no de agua es la diferencia literal entre la vida y la muerte.
El que tiene el agua vive, y el que no muere.
Nuestro mundo en cambio no tiene sed de agua.
Tiene sed de bienestar, tiene sed de justicia, tiene sed de trabajo digno para todos y para todas, tiene sed de paz, de amor, pero no de agua.
Pero tenemos sed, y tener sed no es otra cosa que la necesidad de algo, de tal manera, que el no tenerlo es como morir.
Tener sed nos habla de la urgencia por cubrir una necesidad vital, imprescindible para poder tener vida.
Mi alma tiene sed del Dios vivo, clama el salmista, porque tener sed es un clamor que expresa nuestra necesidad más urgente de vivir, pero de vivir una vida de plenitud en comunión con el creador y lo creado.
Y Jesús también tiene sed, ¿de agua? y se dirige a una mujer, que está sola en un pozo, y que además es samaritana.
Dice el v. 4:4 que Jesús pasó por Samaria para ir a Galilea porque “le era necesario”.
Pero no le era necesario geográficamente, desde el punto del Jordán en el que se hallaba para ir a Galilea simplemente debía de ir hacia el norte.
Entonces, ¿por qué le era necesario ir a Samaria?
Cuando algo “es necesario” en el evangelio de Juan, significa que es un imperativo de la misión, es necesario para el establecimiento del Reino de Dios.
Por eso era necesario que Jesús fuese a Samaria.
¿Pero qué pasa con Samaria?
La mujer samaritana le dijo: ¶ —¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? —porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí—
La cuestión es que con la muerte del rey Salomón el reino de Israel quedó dividido en dos: Israel en el norte y Judá en el sur.
Israel fue el primer reino en ser invadido por el imperio Asirio. La mayoría de los Israelitas fueron esparcidos por las tierras del imperio invasor, y el territorio fue repoblado con personas de otros territorios también conquistados por los asirios.
Con el fin de mezclar a todos los pueblos y crear un sólo imperio.
De esta forma los habitantes de Samaria eran judíos mestizos. Esto también trajo cierto sincretismo con las religiones de los pueblo que se mezclaron, de tal forma que en Samaria llegaron a tener cinco dioses más a parte de Yahvé.
En tiempos de Jesús, aunque los Samaritanos ya sólo adoraban a Yahvé, su religión era un tanto diferente de los otros judíos por causa de este sincretismo, además no iban al templo de Jerusalén a adorar, sino que mantenían el monte Gerizim como lugar de adoración,
cerca del pozo donde se encontraban Jesús y la Samaritana, el pozo que según la tradición había construido el patriarca Jacob.
Los samaritanos tenían como únicas escrituras el pentateuco. Y de esa agua, del agua de los patriarcas bebían, esa era su agua de vida.
De esta forma, si ya resultaba un escándalo que Jesús se dirigiese a una mujer que estaba sola en un pozo, el escándalo era doble porque esta mujer era Samaritana.
Con este encuentro, Jesús estaba rompiendo, mejor aún, transgrediendo las férreas barreras que se habían construido social y religiosamente entre judíos y samaritanos, y entre varones y mujeres.
Y la mujer se da cuenta, y se inquieta por ello.
La mujer le replica ¿pero tú estas loco o qué?
¿Tú no sabes qué soy yo? ¿o es que no sabes quien eres tú?
¿Es que no sabes quien soy? ¿o no sabes quien eres tú?
- Mujer, si tú supieses quien soy yo, el agua me la pedirías tú a mi.
-  ¿Qué eres tú más grande que nuestra religión? o que nuestro patriarca Jacob que es el que nos proporciona esta agua que nos hace vivir?
¿Tu que no tienes ni un cubo, tienes un agua más viva que la de nuestra religión?
El diálogo entre la mujer y Jesús evidentemente no gira entorno al agua literalmente, sino que es un diálogo que se pregunta sobre aquello que da vida, verdadera vida, la vida que Dios ofrece al mundo.
Y la mujer lo sabe. Es un contraste porque en el episodio anterior un fariseo llamado Nicodemo, en medio de la noche mantiene una conversación muy similar con Jesús, pero Nicodemo, el fariseo no entiende nada.
En cambio esta mujer samaritana, habla ahora con Jesús a plena luz del día, y es capaz de entender perfectamente de lo que habla este judío llamado Jesús.
Entonces Jesús, diciéndole a la mujer que llame a su marido, saca a la luz su condición, que no otra que la misma condición del pueblo samaritano,
un pueblo que ha tenido muchos maridos, esto es muchos dioses, y ahora el Dios que tiene samaria no lo tiene por marido, veamos esto en palabras del profeta Oseas sin olvidar que Samaria fue el reino del norte, Israel:
Os. 1:2 ¶ Comienzo de la palabra que Jehová habló por medio de Oseas. Dijo Jehová a Oseas:
         «Ve, toma por mujer a una prostituta
         y ten hijos de prostitución con ella,
         porque la tierra se prostituye
         apartándose de Jehová».
Os. 2:2 ¶ ¡Contended con vuestra madre, contended,
         porque ella no es mi mujer
         ni yo su marido!
         Que aparte de su rostro sus prostituciones,
         y sus adulterios de entre sus pechos,
Os. 2:5 Pues su madre se prostituyó,
         la que los dio a luz se deshonró,
         porque dijo: «Iré tras mis amantes,
         que me dan mi pan y mi agua,
         mi lana y mi lino,
         mi aceite y mi bebida».
Os. 5:3 Yo conozco a Efraín,
         e Israel no me es desconocido;
         tú, Efraín, ahora te has prostituido,
         y se ha contaminado Israel».
Y la mujer cuando se sabe conocida por Jesús, cuando ve que no tiene nada que pueda ocultarle, en este juego entre su situación y la situación de su pueblo, reconoce en Jesús a un profeta.
Y le plantea la cuestión que dividió y que sigue dividiendo al pueblo de Israel, ¿dónde debemos adorar al Dios verdadero?
¿Cual es el lugar correcto para adorar a Dios? ¿El de nuestros padres? ¿El que la tradición me ha enseñado?
¿Es lo que me han enseñado mis padres, mi cultura, mi mundo sobre dónde o cómo adorar a Dios lo correcto? ¿la verdad absoluta?
¿Son los demás peores, o de menos valía delante de Dios por no hacer las cosas como yo?
Jn. 4:21 ¶ Jesús le dijo: ¶ —Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
Jn. 4:22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos.
Jn. 4:23 Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren.
Jn. 4:24 Dios es Espíritu, y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren.
La salvación viene de los judíos, claro Jesús es judío, pero lo que le está diciendo Jesús a la mujer Samaritana es algo más profundo.
Le está diciendo, claro, yo que soy judío creo que el lugar para adorar sería Jerusalén, pero ¿sabes qué? está llegando el tiempo en el que ni Jerusalén ni Gerizim van a significar nada.
Al verdadero adorador de Dios no le va a hacer falta estar en ningún lugar para adorar a Dios, ni hacerlo de una forma concreta,
está llegando el momento en el que el muro que separa a los verdaderos adoradores va a caer, porque al Espíritu de Dios no hay muro que lo detenga.
Jesús debía ir a Samaria, porque Jesús es el mesías que como hijo de Dios debía reunir a todo el pueblo de Israel, a todo en su totalidad.
Si seguís leyendo el capítulo veréis cómo la mujer samaritana se convierte en predicadora que lleva las buenas nuevas de la llegada del mesías a su pueblo.
La mujer samaritana era una mujer separada de Jesús y de todos los judíos por su origen étnico, por su lugar de nacimiento, por su forma de entender la religión, por ser mujer también.
Los seres humanos levantamos estas barreras entre nosotros, por religión, cultura, nacionalidad, orientación sexual, género o estatus social.
Pero el Hijo de Dios ha venido a romper estas barreras, ha venido para traer libertad a toda la humanidad.
Libertad para que los que le adoren en espíritu y en verdad, le puedan adorar desde la realidad de su propia existencia.
Me preguntaba al principio, ¿de qué tiene sed Jesús de Nazaret?
El lema de esta semana de oración es la profecía de Miqueas, concretamente los versículos que dicen:
Miq. 6:6 »¿Con qué me presentaré ante Jehová
         y adoraré al Dios Altísimo?
         ¿Me presentaré ante él con holocaustos,
         con becerros de un año?
Miq. 6:7 ¿Se agradará Jehová de millares de carneros
         o de diez mil arroyos de aceite?
         ¿Daré mi primogénito por mi rebelión,
         el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?
Miq. 6:8 Hombre, él te ha declarado lo que es bueno,
         lo que pide Jehová de ti:
         solamente hacer justicia,
         amar misericordia
         y humillarte ante tu Dios.
Jesús, el Mesías fue sediento al pozo de la samaritana,
con sed de romper las barreras que separan a aquellos que quieren adorar a Dios,
con sed de que la justicia y la misericordia llegasen a la mujer de un pueblo excluido.
Jesús tiene sed de que todos seamos liberados para adorar juntos al único Dios,
Jesús tiene sed de que rompamos con cualquier tipo de exclusión que impida que nadie, sea cual sea su condición sociocultural, pueda tener ningún impedimento para formar parte de su cuerpo.
Que el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo libere nuestra mente, nuestro corazón y nuestro ser para transformarnos cada día en verdaderos adoradores, portadores de justicia, misericordia y libertad.
Amén